Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Ahora, ¡gracias a Dios!, mi Tania empieza a comprender más claramente a aquel por quien está condenada a suspirar por orden del Destino todopoderoso. El joven triste y peligroso, creación del paraÃso o del infierno, este ángel, este altivo demonio, ¿qué es? ¿Es posible que sea una imitación, un insignificante fantasma, un moscovita vestido con la capa de Childe Harold, interpretación de ajenas fantasÃas, diccionario completo de las palabras mundanas? ¿No será tal vez más que una parodia? ¿Es posible que haya encontrado una solución a la adivinanza? ¿Es posible que haya descubierto su nombre verdadero? Las horas corren: ha olvidado que desde hace tiempo la esperan en casa, adonde vinieron dos vecinos y en donde se está hablando precisamente de ella.
—¿Qué hacer? Tatiana ya no es una niña —dijo la viejecita, suspirando.
—Olenka es más joven que ella.
—Desde luego, ya es hora de casarla; pero ¿qué voy a hacer con ella? A todos, sin más ni menos, les contesta: «No quiero casarme». Todo el tiempo está triste y solitaria, errando por los bosques.
—¿No estará enamorada?