Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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—¿Y de quién? Buyanov la pretendió, aunque fue rechazado; Iván Petuchkov, igualmente. El húsar Pijtin, que pasó algunos días en nuestra casa, quedó seducido por Tania, y se deshizo en galanterías. Yo pensaba que tal vez quisiera ella casarse; pero ¡qué va!, de nuevo no resultó nada.

—Pero, madrecita, ¿por qué no te vas a Moscú? ¡No está tan lejos! Allí dicen que hay muchos sitios para divertirse.

—¡Ay, padrecito, las rentas producen tan poco!

—Lo suficiente para pasar un invierno; y si no, os prestaré lo que haga falta.

A la viejecita le gustó mucho este consejo sensato, y se puso de acuerdo, decidiendo en el acto ir a pasar el invierno en Moscú.

Tania oye esta noticia. Tendrá que presentar a la sociedad sus facciones puras marcadas de la sencillez de la provincia, sus trajes pasados de moda, igual que su manera de hablar; atraer la mirada burlona de los petimetres y de las Circes. ¡Oh qué vergüenza! No; cien mil veces mejor y más seguro es quedarse en la profundidad de los bosques. Ahora, levantándose con los primeros rayos de la aurora, va corriendo por los campos, y, abrazándolos con la triste mirada, dice:


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