Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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—¡Adiós, valles tranquilos, y vosotras, cimas de las montañas; y vosotros, bosques familiares! ¡Adiós, alegre Naturaleza; adiós, firmamento sereno! Cambio este mundo tranquilo por el brillante barullo de las inquietudes. ¡También te digo adiós, libertad mía! ¿Adónde, a qué aspiro? ¿Qué me predice mi Destino?

Los paseos duran más tiempo. El bosque y el arroyo paran involuntariamente a Tania, por su belleza. Ella se apresura a charlar con los prados y bosquecillos, como si fueran viejos amigos. Pero el verano pasa deprisa; llega el otoño dorado, y la Naturaleza se estremece, pálida cual víctima pomposamente ataviada. He aquí el viento del Norte que trae las nubes —sopla y silba—, y llega de por sí el invierno encantador.

Llega y se desparrama; sus copos se cuelgan en las ramas de los árboles, se extienden en ondulantes tapices por los campos, alrededor de las colinas. Con blanda capa ha igualado el río y las orillas. Brota la helada. Todos estamos contentos de las travesuras de nuestra matuchka[47] el invierno. Pero el corazón de Tatiana no se alegra; ella no sale a esperarlo y respirar el aire glacial. Al ir a la bania con las primeras nevadas, Tania no coge la nieve del tejado para frotarse el rostro, los hombros y el pecho con ella. Le asusta la ruta del invierno.


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