Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Desde hace tiempo se ha ido aplazando la fecha de la marcha; ya transcurre el último plazo. El vosok, relegado al olvido, es examinado, arreglado y tapizado de nuevo. Es un convoy habitual: tres kibitkas llevan los utensilios caseros, los cacharros, las sillas, los baúles, jaulas con gallos, tarros, palanganas, etc. Bueno; muchos trastos.
En la isba, entre la servidumbre, se levanta un gran barullo, seguido de los lamentos de despedida.
Traen al patio dieciocho jamelgos. Los enganchan al vosok[48] señorial y preparan la comida; los cocineros sobrecargan las kibitkas con el equipaje; las mujeres y los cocheros se pelean; sobre el desgreñado y flaco caballo está el barbudo cochero; la servidumbre se ha concentrado en la puerta para despedir a las señoras. Ya están instaladas, y el respetable vosok, resbalando, se arrastra fuera de la cochera.
—¡Adiós, asilos solitarios! ¿Volveré a veros?
Y un torrente de lágrimas cae de los ojos de Tania.