Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Cuando la civilización bienhechora se extienda más ampliamente, con el tiempo —yo calculo, por las tablas filosóficas, dentro de unos quinientos años—, los caminos cambiarán, sin duda, muchísimo. Aquí y allá las calzadas unirán y atravesarán Rusia; se tenderán puentes de hierro; cavaremos atrevidos arcos, y este mundo cristiano tendrá en cada estación una taberna. Ahora, en nuestro país, los caminos son malos; los puentes, abandonados, se pudren; en las estaciones, las chinches y las pulgas no dejan dormir ni un minuto; no hay tabernas. En la fría isba, el cartón, con los precios de las comidas, domina los aires; mas en vano excita el apetito, porque en realidad no hay nada de comer. Los rústicos cíclopes, bendeciendo las zanjas y los baches de la madre tierra, preparan a fuego lento los progresos de la sociedad moderna.

Sin embargo, en la fría época del invierno, es agradable y fácil. El camino invernal es liso como el verso, sin pensamiento de la canción de moda. Nuestros automedontes son impetuosos, y veloces nuestras troikas. Las verstas[49], entreteniendo la ociosa mirada, pasan relampagueando. Por desgracia, la anciana Larina se arrastra, no en caballos de correo, sino en los suyos, por temor a un gasto elevado. Nuestra joven pudo gozar plenamente del aburrimiento del viaje, que duró siete días.


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