Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Pero he aquí que ya están cerca del término de su ruta. Ya divisan las viejas cúpulas de Moscú la blanca, cuyas cruces de oro echan destellos de fuego. ¡Ay, amigos! ¡Qué contento me puse cuando de repente aparecieron a mi vista las iglesias, los campanarios, los jardines y la hilera de palacios! ¡Cuántas veces pensé en ti, Moscú, en la amarga separación de mi destino errante! Moscú, ¡cuánto encierra el sonido de estas sílabas para un corazón ruso, y cómo responde el ímpetu del alma!

He aquí el castillo de Pedro, rodeado de su bosque de robles; tenebrosamente se enorgullece por su reciente gloria. En vano pensaba Napoleón, ebrio de su última victoria, en la sumisión de Moscú con las llaves del viejo Kremlin. No, mi Moscú no se le entregó con la cabeza inclinada. No preparó fiestas ni acogió con donativos al héroe impaciente. Desde aquí, hundido el humo, contemplaba el terrible incendio. ¡Adiós, castillo de Pedro, testigo de nuestra gloria!






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