Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Pero no te pares; sigamos adelante. Ya blanquean los postes de la entrada; ya el vosok corre por la calle Tverskoia, sobre los baches. Desfilan ante sus ojos los puestos, las mujeres, los chiquillos, las tiendas, los faroles, los palacios, los jardines, los monasterios, los vendedores de Bujaria[50], los portales, los huertos, las chozas, los mujics, los bulevares, las torres, los cosacos, las farmacias, los almacenes de modas, los balcones, los leones en las puertas cocheras y toda una manada de chovas sobre las cruces. ¡Moscú, Moscú! Transcurren las horas en este paseo fatigoso y, por fin, se para el vosok en la callejuela de Jariton, ante un portal. Llegan a casa de la vieja tÃa, tÃsica desde hace cuatro años. Un viejo kalmuko, vestido de un destrozado kaftán, con gafas, y teniendo en las manos una media, abre las puertas de par en par. Pasan al salón, donde son recibidas por el grito de la princesa, tendida en el diván. Llorando, se abrazan las viejecitas y prorrumpen en exclamaciones:
—¡Princesa, mon ange!
—¡Pachette!
—¡Piolina!
—¿Quién hubiera podido pensar?
—¡Cuántos años sin veros!
—¿Estarás aquà por mucho tiempo?
—¡Querida prima!
—Siéntate. ¡Qué bien hiciste!