Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Era verdaderamente una escena de novela.
—Y ésta es mi hija Tatiana.
—¡Ay, Tania, acércate a mÃ!; parece como si estuviera delirando en sueños.
—Prima, ¿te acuerdas de Grandison?
—¿Cómo? ¿Grandison? ¡Ah, Grandison! SÃ, me acuerdo, me acuerdo.
—¿En dónde está?
—En Moscú; vive en el barrio Simeón y me visitó. Hace poco que casó a su hijo.
—¿Y aquél…?
—Bueno; después nos contaremos todo, ¿verdad? Mañana mismo presentaremos a Tania a toda la familia. ¡Qué lástima, no tengo fuerzas para hacer visitas! Apenas consigo arrastrar los pies. Pero debéis de estar muertas después del viaje; vamos juntas a descansar. ¡Ay!, no tengo fuerzas; mi pecho está fatigado; ahora, no sólo me es penosa la tristeza, sino también la alegrÃa. ¡Alma mÃa, ya no sirvo para nada! Al llegar a la vejez, la vida no es más que una porquerÃa.
Y en este punto, completamente agotada, llorando, empezó a toser.