Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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La alegría y las caricias de la enferma conmueven a Tatiana. Pero no se encuentra bien en el nuevo lugar, acostumbrada como está a su cuarto. Bajo la cortina de seda no puede dormir en la cama nueva, y al son de las campanas, precursoras del lecho, Tania se sienta a la ventana cuando se aclaran las sombras, pero no distingue sus campos; sólo ve ante sí un patio desconocido, una cuadra, una cocina y una verja.

Así llevan a Tania todos los días a comidas de parientes, para presentar a los abuelitos y abuelitas su indiferente indolencia. Todos sus familiares la reciben afectuosamente con el jleb i sol[51] y con estas exclamaciones:

—¡Cómo ha crecido Tania!

—¿No hace poco que yo te bauticé?

—Yo le tomaba así en mis brazos.

—Yo te tiraba así de las orejas.

—Yo te regalaba prianiki[52].

Las abuelitas dicen a coro:

—¡Cómo vuelan los años!


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