Eugenio Oneguin

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Sien embargo, en ellos no se nota cambio alguno; todos siguen como antes. Su tía, la princesa Elena, lleva la misma cofia de tul; Lukeria Ivovna continúa pintándose la cara de blanco; Lubov Petrovna sigue contando mentiras; Iván Petrovich es igual de tonto; Simeón Petrovich, igual de avaro; Pelagia Nikolavna tiene todavía el mismo amante, monsieur Finemouche, el mismo spizt[53], el mismo marido, y este último, fiel frecuentador del club, sigue tan sumiso, tan sordo y, al igual que antes, come y bebe por dos.

Sus hijas abrazan a Tania. Las jóvenes gracias de Moscú primeramente la examinan en silencio de pies a cabeza. La encuentran algo extraña, provinciana y afectada, un poco pálida y delgada; por lo demás, muy guapa. Luego, resignándose a su naturaleza, se hacen amigas suyas, la llevan a sus casas, la besan cariñosamente, le aprietan las manos, la rizan según la moda y le confían a coro los secretos del corazón, secretos de doncella. Le confiesan sus conquistas y las ajenas, sus esperanzas, sus travesuras, sus sueños. Transcurren las inocentes conversaciones con ligero matiz de cotillería. Después, en recompensa de su charla, exigen afectuosamente la declaración de su corazón. Pero Tania, como en un sueño, oye los cotilleos sin tomar parte en ellos: no comprende nada; mientras tanto, guarda silenciosamente el secreto de su corazón, tesoro sagrado de lágrimas y alegrías que no confía a nadie.


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