Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Un día Tatiana, en casa de su aburrida tía, se encontró a Viazemski, que, sentándose a su lado, logró cautivar su atención. Otro invitado, ya viejo, fijose en ella, y, mientras se arreglaba la peluca, averiguó quién era. Pero allí, donde resuena el prolongado aullido de la tempestuosa Melpómene, que menea su manto de oropel ante la indiferente multitud de espectadores; donde Talía dormita tranquilamente, sin prestar atención a los aplausos amigos; donde el joven espectador sólo se maravilla con Terpsícore —igual sucedía en mis antiguos tiempos que en vuestra época—, no se fijan en Tania ni los impertinentes celosos de las damas, ni los anteojos de los conocedores mundanos desde los palcos y las butacas.

La llevan a la Asamblea[54], en donde las apreturas, la agitación, el calor, el rugido de la música, el brillo y el centelleo de las velas, el atavío de las elegantes bellezas, las tribunas llenas de gente, el gran semicírculo que forman las novias, deslumbran de repente todos los sentidos. Aquí los presumidos célebres ostentan su atrevimiento, su chaleco y sus distraídos anteojos. Allí los húsares con licencia se apresuran a aparecer, fulminar, brillar, seducir y luego desaparecer.



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