Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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La noche posee muchas estrellas encantadoras, y hay muchas bellezas en Moscú; pero más bella que todos sus amigos celestes es la luna en el azul vaporoso. Mas aquella a la cual no me atrevo atormentar con mi lira, y que, como la majestuosa luna, resplandece sola entre las esposas y las jóvenes, ¡con qué celeste altivez roza la tierra! ¡Qué lleno de indolencia está su pecho! ¡Qué triste es su mirada encantadora! ¡Basta, basta!; ya pagaste caras tus locuras.

Estruendo, risas, idas y venidas; los saludos, el galope, la mazurca, el vals. Entretanto, Tania, en medio de sus dos tías, apoyada en una columna, fija la mirada, no se da cuenta de nada; odia la agitación del mundo, siente que se ahoga aquí. En sueños, aspira a la vida de los campos, quiere volver a la aldea, a la soledad de su rinconcito, en donde corre el riachuelo; a sus pobres, a sus flores, a sus novelas, a la oscuridad de la avenida de tilos, en donde le vio a él. Y así sus pensamientos vagan aún más lejos, olvidándose del mundo y del baile ruidoso. Pero, mientras, no aparta la mirada de ella un prestigioso general. Las tías se guiñan el ojo mutuamente y, dando un codazo a Tania, cada una le murmura:

—Mira pronto hacia la izquierda.

—¿A la izquierda? ¿Adónde? ¿Qué hay allí?


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