Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin ¡Ay!, no son difÃciles de adivinar las consecuencias que resultaron de la entrevista. El terrible tormento de amor no cesó de torturar la joven alma de la doncella. No; la pobre Tatiana se consume aún más por una pasión sin esperanza; el sueño huye de la cama; su salud, la flor de su vida, su dulzura, todo ha desaparecido, todo es cual son vacÃo, y asà se apaga la juventud de la linda Tania, asà la sombra de la tempestad encapota el dÃa naciente. ¡Ay de Tatiana! Se marchita, palidece, se consume y calla; nada entretiene ni conmueve su alma. Los vecinos, moviendo la cabeza, murmuran entre sÃ: «¡Ya es hora, ya es hora de casarla!».
Pero basta; me hace falta a toda prisa alegrar la imaginación con el cuadro del amor dichoso. Involuntariamente, queridos mÃos, me oprime la tristeza. Perdonadme, ¡es que quiero tanto a mi linda Tania!