Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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De hora en hora, cada vez más seducido por la belleza de la joven Olga, Vladimir se entregó con toda su alma a la agradable esclavitud. Siempre está con ella; en su habitación siéntanse los dos en la oscuridad; por las mañanas se pasean por el jardín, las manos enlazadas. ¿Y qué? Ebrio de amor, confuso, con dulce turbación, sólo se atreve de vez en vez, animado por una sonrisa de Olga, a jugar con un bucle desrizado o a besar el borde de su vestido. A veces le lee una novela moralizadora, en la cual el autor conoce mejor la Naturaleza que Chateaubriand; de tiempo en tiempo, poniéndose colorado, se salta dos o tres páginas —vanas, malsanas, irreales y peligrosas para los corazones de las doncellas—. Aislados, lejos de todos, se apoyan en la mesa ante el tablero de ajedrez; durante largo rato permanecen sentados, sumidos en profundos pensamientos, y Lenski, distraído, mata con un peón su propia torre. Vuelve a casa y allí se ocupa de su Olga. Con esmero le adorna las hojas de su álbum. Unas veces le dibuja suavemente con la pluma y colores dos paisajes campestres, una lápida, el templo de los chipriotas, o un pichón sobre la lira. Otras, en hojas de recuerdos, después de la firma de los demás, escribe un verso tierno, recuerdo mudo de sus sueños, ligera huella de instantáneo pensamiento. Todo sigue igual después de muchos años. Claro está que tú viste muchas veces el álbum de una señorita de provincias que sus amigos mancharon desde el principio hasta el final y alrededor. Aquí, para dolor de la ortografía, se encuentran versos sin medida, según la tradición, cortados y alargados, escritos en prueba de fiel amistad. En la primera línea encuentras: Qu’écrivez-vous sur ces tablettes?, y la firma: Tout à vous, Annette. En la última encontrarás:


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