Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin ¡Silencio! ¿No oyes? El crÃtico severo nos ordena tirar la corona lastimera de las elegÃas y grita a nuestros hermanos los rimadores: «Terminad de llorar y de croar siempre sobre lo mismo, de lamentaros sobre lo que fue y lo que pasó; ya basta. ¡Cantad algo nuevo!».
—Tienes razón, y seguramente nos aconsejarás la chimenea, la máscara, el puñal; tal vez resucitarás el capital muerto de nuestros pensamientos.
—¿No es asÃ, amigos? ¡No; no lo es! Escribid odas, amigos, como se escribÃan en los años poderosos, como estaba de moda en tiempos de antaño.
—¡Sólo las solemnes odas! Ya basta, amigo. ¿Qué más da? Acuérdate de lo que dijo el satÃrico: «¿Es posible que te sea más soportable el astuto lÃrico, que canta las ideas ajenas, que nuestros tristes rimadores?».
—Todo es vano en la elegÃa; da pena su objeto fútil, mientras que el de la oda es elevado y noble.
Aquà podrÃamos discutir, pero yo me callo; no quiero crear discusiones entre dos siglos.
Vladimir, admirador de la gloria y de la libertad, en la inquietud de sus tempestuosos pensamientos, tal vez hubiera escrito odas; pero Olga no las leÃa.