Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Los poetas llorones leen sus creaciones a la amada; dicen que en el mundo no hay recompensa superior, y verdaderamente, ¡dichoso el amante modesto que lee sus ilusiones a la bella, agradablemente lánguida, objeto de su canto y de su amor! Dichoso…, aunque a lo mejor puede que ella esté entretenida con algo muy distinto. Yo sólo leo los frutos de mis ensueños y de mis armónicas fantasías a mi vieja niania, amiga de mi juventud.

Después de la aburrida comida pasa a verme el vecino, y, pescándolo por el faldón, le cuento mi tragedia en un rincón —y esto no es broma—. O, cansado del aburrimiento y de las rimas, vagando por mi lago, asusto a la manada de patos que, al escuchar el dulce canto de mis estrofas, marchan de las orillas. Mi mirada los busca ya muy lejos; pero el cazador que anda furtivamente entre la espesura del bosque, silva, maldiciendo la poesía, y arma cuidadosamente su fusil. Cada uno tiene su caza, su gusto, su querido entretenimiento:

El que apunta a los patos con el fusil.

El que delira con las rimas, como yo.

El que persigue a las atrevidas moscas con un matamoscas.

El que manda en las ideas del gentío.

El que se divierte con la guerra.

El que se complace en los sentimientos tristes.

El que se entretiene con el vino.

Y el bien está mezclado con el mal.


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