Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Pero tal vez no os atraiga un cuadro de este género; todo esto es vulgar, aquí no hay nada grácil. Puede ser que otro poeta, con un estilo esplendoroso, arrebatado por inspiración divina, nos describiera las primeras nieves y todos los matices del soñoliento invierno. Os seduciría más, estoy convencido de ello, describiendo en versos inflamados los paseos secretos en trineo. Entretanto, yo no pienso batirme ni con él ni contigo, cantante de la joven finlandesa[33].
Tatiana, alma rusa, sin saber por qué, amaba el invierno con su fría belleza, la escarcha al sol en un día glacial, los trineos, la reverberación rosada de la nieve en la tardía aurora y la niebla que hay por la Epifanía. Estas noches triunfaban en su casa a la moda antigua; las sirvientas echaban la buenaventura a sus señoritas y les predecían cada año maridos militares y campañas en las que ellos intervenían.
Tania creía en la tradición popular de la antigüedad, en la buenaventura echada en cartas, en los sueños y en lo que auguraba la luna. Le atormentaban los objetos y secretamente todos le decían algo, el presentimiento le oprimía el corazón; el gato mimoso, sentado encima de la estufa, ronroneando, se lavaba la cara con la patita; esto era para ella un infalible presagio de la llegada de los invitados. Si veía el cuerno estrecho de la luna en el lado izquierdo del cielo, temblaba y palidecía.