Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Cuando la estrella fugaz volaba por el cielo oscuro, para luego desvanecerse, Tania, con turbación, se daba prisa a murmurarle el deseo de su corazón antes que desapareciese. Cuando en algún sitio se encontraba con un fraile vestido de negro, o cuando una liebre le cortaba el camino en el campo, llena de dolorosos presentimientos, esperaba la desgracia, y por miedo no sabía qué empezar. Encontraba un placer indecible en el mismo horror, porque la Naturaleza nos creó de tal manera, que nos gustan las contradicciones.

Llegaron las fiestas de Navidad. ¡Qué alegría! La irreflexiva juventud, a la que nada le da lástima, delante de la cual la vida aparece clara e inmensa, echa las cartas; también las echa la vejez, a través de sus lentes, casi a las puertas de la tumba, desprovista ya de todo irremediablemente. Es igual; la esperanza le miente con su balbuceo infantil. Tatiana, con mirada curiosa, observa la cera derretida en un plato de agua que con mágicos dibujos le predice algo maravilloso. Por turno van saliendo anillos; también a ella le sacaron uno al compás de la vieja canción:

Allí los campesinos son todos ricos,

y con palas recogen la plata.

¡Felicidad y gloria al que cantamos!

Pero el canto, por su triste entonación, parece hablarle de muerte.


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