Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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La noche está helada; el cielo, sereno; el divino coro de los luceros se mueve pausadamente y a compás. Tania, con ligero vestido, sale al amplio patio; quiere captar el reflejo de la luna en un espejo, y tan sólo ve temblar en él al triste astro. ¡Chis! Cruje la nieve y pasa un caminante; la joven corre hacia él de puntillas; su voz suena más dulce que el sonido del caramillo al preguntarle:

—¿Cuál es tu nombre?

Él la mira y contesta:

—Agafón[34].

Tatiana, aconsejada por su niania, se prepara a decir la buenaventura aquella noche, y en secreto ordenó que le preparasen en la bania[35] dos cubiertos. De pronto le dio miedo, y a mí también, acordándome de Svetlana[36]. ¡Qué se le va a hacer! Ni Tatiana ni yo conoceremos nuestro destino.

Ella se quita el cinturón de seda, se desviste y se mete en la cama; el espejito reposa bajo la almohada; todo está en calma; Tania duerme; dulces sueños flotan sobre ella. Sobre todo uno es maravilloso.

SUEÑO DE TANIA

 


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