Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Se le aparece una llanura nevada por la que camina entre espesa niebla; delante de ella, un torrente espumoso y denso burbujea formando remolinos; el frío del invierno no ha podido congelarle. Dos palitos adheridos al hielo unen las dos orillas, constituyendo un puentecillo vacilante y peligroso; atónita, se para ante el rugiente abismo. Quéjase al torrente. No ve a nadie que le pueda tender la mano desde la otra orilla. De repente se mueve un montículo de nieve, ¿y quién sale por debajo de él? Un oso enorme y desgreñado. «¡Ay!», dice Tatiana. El oso gruñe y le tiende la pata de punzantes garras. Sobreponiéndose, con mano temblorosa, se apoya en él y con sus pasos atemorizados atraviesa el torrente. Se pone en marcha, ¿y qué sucede? El oso la sigue. NO se atreve a mirar hacia atrás; acelera el paso, pero ni aun así consigue huir del peludo lacayo, que, jadeante continúa siguiéndola. Ante ellos se extiende el bosque; los pinos, inmóviles en su rígida belleza, tienen las ramas sobre cargadas de copos de nieve. A través del alto y espeso ramaje de los abedules, olmos y tilos, resplandecen los rayos de las estrellas. La ventisca ha borrado el camino, los arbustos y los declives desaparecen bajo la nieve. Tania penetra en el bosque; el oso, detrás de ella. La nieve blanda le llega hasta las rodillas; las largas ramas, ora la agarran por el cuello, ora intentan arrancarle sus pendientes de oro. De vez en cuando sus zapatitos mojados se hunden en la nieve densa; se le cae el pañuelo, no tiene tiempo de recogerlo y hasta se avergüenza de levantar el borde de su vestido con temblorosa mano. Echa a correr, y el oso la sigue. Las fuerzas la abandonan, cae en la nieve, y el oso la coge; ella, dócil, no se atreve a moverse ni a respirar. El oso corre por el sendero del bosque; de pronto, entre los árboles, se divisa una mísera cabaña. Alrededor todo está silencioso en el blanco desierto. Una de las ventanas aparece profusamente iluminada; en la choza se oyen ruidos y gritos; el oso se para y dice: «Aquí está mi compadre; entra y caliéntate». Se dirige directamente hacia la choza, dejándola en el camino. Al volver en sí, Tatiana mira: el oso ha desaparecido; ella se encuentra a la entrada; tras la puerta se oyen gritos y ruidos de vasos como en los grandes entierros. No comprendiendo nada, mira con sigilo por la rendija de la puerta, ¿y qué ve? Alrededor de la mesa sentados unos monstruos: uno, con cuernos y hocico de perro; otro, con cabeza de gallo; allí, una bruja con barba de chivo; allá, un arrogante y afectado esqueleto; aquí un enano con cola; acá, un animal medio grato, medio grulla. Y aún ve cosas más espantosas e inverosímiles: aquí, un cangrejo montado sobre una araña; allí, una calavera en el cuello de un ganso que gira con una gorra roja; acá, el molino que baila la prisiadka y agita sus aspas con tremendo crujido. ¡Ladridos, risas, silbidos, cantos, golpes, vocerío humano y piafar de caballos!