La teorÃa de los archipiélagos
La teorÃa de los archipiélagos ―No lo sé ―admitió finalmente, su voz apenas un murmullo.
Candela soltó una risa suave, que resonó como el eco de una campana.
―Entonces, es hora de averiguarlo.
Ese fue el momento en que todo cambió. Candela no solo era una presencia en su vida; era una brújula, señalando un norte que MartÃn nunca habÃa considerado. Y aunque no lo decÃa en voz alta, sentÃa que el tiempo con ella era finito, como un reloj de arena cuyas últimas partÃculas de arena caÃan con cada encuentro.
En 2018, MartÃn se encontraba de pie frente a la vieja casa abandonada. El tiempo habÃa sido cruel con ella; las paredes estaban cubiertas de musgo, y el techo parecÃa estar a punto de colapsar. Sin embargo, al entrar, MartÃn sintió que nada habÃa cambiado. La luz que se filtraba a través de los agujeros en las tablas del techo era la misma, el aire tenÃa ese mismo olor a madera vieja y polvo.
Se acercó al rincón donde Candela solÃa sentarse, cruzando las piernas en el suelo como si estuviera en su propio salón.
―Este lugar tiene alma ―le habÃa dicho una vez, mientras él la observaba dibujar algo en una hoja suelta―. Todo lo que amamos deja una huella. Incluso las casas, los árboles... hasta las piedras recuerdan.