La teorÃa de los archipiélagos
La teorÃa de los archipiélagos En ese momento, MartÃn no entendió del todo sus palabras, pero ahora, parado en ese lugar solitario, sentÃa la verdad de ellas. Sacó el viejo cuaderno de su bolso y lo abrió en la misma página donde habÃa dibujado a Candela ese dÃa. Allà estaba: una silueta rápida, hecha a lápiz, pero llena de vida. Sus ojos, aunque solo eran sombras en el papel, lo miraban como si pudieran verlo.
MartÃn tocó el dibujo con los dedos, sintiendo el peso de los años entre ellos.
―¿Dónde estás, Candela? ―susurró al aire, pero solo el eco de su voz le respondió.
En el pasado, los dÃas se sucedieron como un sueño. MartÃn y Candela pasaban horas juntos, hablando de todo y de nada. Ella tenÃa una habilidad para convertir lo cotidiano en algo extraordinario: un paseo por el mercado se transformaba en una aventura, una tarde tranquila en el parque podÃa terminar en una carrera bajo la lluvia.
Pero no todo era luz. Candela guardaba secretos, y aunque MartÃn no lo decÃa, podÃa sentirlos. HabÃa momentos en los que ella se quedaba en silencio, su mirada fija en algún punto distante, como si estuviera viendo algo que él no podÃa. Una tarde, mientras caminaban por el rÃo, MartÃn se atrevió a preguntar.
―¿Por qué estás aquÃ, Candela? Quiero decir... ¿qué te trajo al pueblo?