La teorÃa de los archipiélagos
La teorÃa de los archipiélagos Ella se detuvo, mirando el agua que fluÃa frente a ellos. Por un momento, MartÃn pensó que no iba a responder.
―A veces, cuando el ruido de la vida se vuelve demasiado, necesitas un lugar donde esconderte ―dijo finalmente, su voz tan suave que MartÃn tuvo que inclinarse para escucharla―. Este es mi escondite.
No dijo nada más, y MartÃn no quiso presionarla. Pero esa respuesta se quedó con él, plantando una semilla de duda que creció con el tiempo.
En el presente, MartÃn caminó hasta el rÃo, siguiendo el mismo camino que solÃan tomar. El agua seguÃa fluyendo, pero el pueblo habÃa cambiado. HabÃa casas nuevas, caminos asfaltados donde antes habÃa tierra. Todo parecÃa más moderno, menos auténtico.
Se detuvo junto a un árbol donde solÃan sentarse, y sacó una fotografÃa que habÃa guardado durante años. En ella, Candela estaba de pie junto al rÃo, su cabello oscuro cayendo en ondas desordenadas, su sonrisa iluminando todo. Era la única imagen que tenÃa de ella, un instante congelado en el tiempo.
―¿A dónde fuiste? ―preguntó en voz baja, como si la foto pudiera responderle.
El eco de sus palabras se mezcló con el sonido del agua, y MartÃn supo que no podÃa detenerse ahora. HabÃa venido demasiado lejos para rendirse.