La teoría de los archipiélagos
La teoría de los archipiélagos Subió las escaleras que chirriaban con cada paso, dejando atrás el murmullo del hostal. En su habitación, abrió las ventanas y dejó que el aire cálido de la primavera le golpeara el rostro. Se sentó en el borde de la cama, mirando las paredes cubiertas de un papel tapiz que alguna vez había sido alegre. Sacó el cuaderno y, sin abrirlo, lo sostuvo entre sus manos, como si al hacerlo pudiera sentir el latido de un corazón que ya no estaba.
Ese cuaderno contenía lo que quedaba de ella, de su historia juntos. Dibujos, bocetos rápidos de momentos que parecían irreales ahora, como si nunca hubieran sucedido. La noche en la playa, cuando las olas parecían susurrar secretos solo para ellos. La curva de su sonrisa, trazada en lápiz con líneas firmes y llenas de vida. Ahora, esas imágenes eran un ancla y una daga al mismo tiempo.
Cuarenta años antes, el verano de 1980 había llegado al pueblo con una tormenta furiosa. Martín, joven e inexperto, manejaba un Ford blanco que apenas sobrevivía al diluvio. Llegó empapado al bar de la esquina, donde unas campanillas tintinearon al abrir la puerta. Todos los ojos del lugar se posaron en él.
―Busco la casa de Álvaro Ugarte ―dijo al camarero, apartándose el cabello húmedo de la frente. El hombre lo miró con desconfianza antes de señalar una dirección con un gesto vago.
