La teoría de los archipiélagos
La teoría de los archipiélagos La casa que buscaba estaba al final de una calle que olía a tierra mojada. Al entrar, el silencio lo recibió como una bofetada. Encendió un cigarrillo, mirando las paredes desnudas y el pequeño escritorio donde trabajaría durante todo el verano. Había venido para completar un proyecto: una enciclopedia botánica. Pero en ese instante, ni las plantas ni las flores podían competir con la presencia de Candela, la mujer que cambiaría su vida.
La conoció días después, en el mercado. Su cabello oscuro parecía desafiar al viento, y su risa llenó el aire como si fuera música. Fue una casualidad que se cruzaran, o al menos eso pensaba Martín. En el fondo, algo le decía que el destino había estado maniobrando en las sombras.
En el presente, Martín salió a caminar por las calles que lo vieron llegar como un joven lleno de ambición y ahora lo veían regresar como un hombre roto. Nada era igual. Las casas parecían más pequeñas, más silenciosas, como si también hubieran envejecido. Caminó hasta el viejo mercado, pero ya no había risas ni música. Solo un eco distante.
Se detuvo frente a un escaparate donde antes había una librería. En su lugar, ahora había una tienda de electrodomésticos. Cerró los ojos y pudo imaginar a Candela frente a los estantes, buscando un libro que nunca encontró.
