La teorÃa de los archipiélagos
La teorÃa de los archipiélagos El pasado es un susurro constante. Eso pensó MartÃn mientras la tormenta rugÃa sobre el pueblo aquella noche de verano en 1980. Afuera, el viento zarandeaba los árboles y las ventanas temblaban como si pudieran quebrarse en cualquier momento. Adentro, el sonido de la máquina de escribir llenaba el pequeño cuarto alquilado. Las palabras fluÃan despacio, entrecortadas, porque su mente estaba en otro lugar. En ella.
HabÃa visto a Candela solo un par de veces desde el dÃa del mercado, pero algo en su forma de moverse, en la intensidad con la que miraba el mundo, lo mantenÃa despierto por las noches. Ella era todo lo que él no era: fuerte, segura, brillante. MartÃn, en cambio, era un hombre que se ahogaba en sus propias dudas, atrapado en la rutina de un trabajo que apenas lo motivaba y un matrimonio que ya empezaba a desmoronarse.
Una tarde, mientras dibujaba en un banco del parque, Candela apareció a su lado, como si hubiera salido directamente de sus pensamientos.
―¿Qué estás haciendo? ―preguntó ella, inclinándose para mirar el cuaderno.
MartÃn se tensó. No estaba acostumbrado a la cercanÃa, y mucho menos a una presencia como la suya. Pero se obligó a responder.
―Un boceto. Es para un proyecto en el que estoy trabajando.
