Divina Comedia
Divina Comedia Continué, pues, andando solo hasta el extremo del séptimo círculo, donde gemían aquellos desgraciados. El dolor brotaba de sus ojos, mientras acá y allá se defendían con las manos, ya de las pavesas, ya de la candente arena, como los perros, en el estío, rechazan con las patas o con el hocico las pulgas, moscas o tábanos que los molestan. Mirando atentamente el rostro de aquellos a quienes azota el doloroso fuego, no conocí a ninguno; pero observé que del cuello de cada cual pendía una bolsa de cierto color, marcada con un signo, en cuya contemplación parecían deleitarse sus miradas. Aproximándome más para examinar mejor, vi en una bolsa amarilla una figura azul que tenía toda la apariencia de un león. Después, prosiguiendo el curso de mis observaciones, vi otra, roja como la sangre, que ostentaba una oca más blanca que la leche. Uno de ellos, en cuya bolsa figuraba una puerca preñada, de color azul, me dijo[141].
—¿Qué haces en esta fosa? Vete. Y, puesto que aún vives, sabes que mi vecino Vitaliano debe sentarse a mi izquierda. Yo soy paduano, en medio de estos florentinos que muchas veces me atruenan los oídos gritando: «Que venga pronto el caballero soberano, que llevará la bolsa con los tres picos[142]».