Divina Comedia

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Después torció la boca y sacó la lengua como el buey que se lame las narices. Y yo, temiendo que mi tardanza incomodase a aquel que me había encargado que estuviera allí poco tiempo, volví la espalda a tan miserables almas. Encontré a mi Guía, que había saltado ya sobre la grupa del feroz animal y que me dijo:

—Ahora debes ser fuerte y atrevido. Por aquí no se baja sino con la colaboración de monstruos como éste. Monta delante porque quiero quedarme entre tú y la cola, a fin de que este animal no pueda hacerte daño alguno.

Al oír estas palabras, me quedé como aquel que, presintiendo el frío de la cuartana, tiene ya las uñas pálidas y tiembla con todo su cuerpo tan sólo al mirar su sombra. Pero el tono en que las pronunció me produjo la vergüenza que da ánimo a un servidor en presencia de un amo valeroso. Me coloqué sobre las anchas espaldas de la fiera y quise decir: «Ten cuidado de sostenerme»; pero, contra lo que esperaba, me faltó la voz; si bien Virgilio, que ya anteriormente me había socorrido en todos los peligros, apenas monté, me estrechó y me sostuvo entre sus brazos. Después dijo:

—Gerión, ponte ya en marcha, trazando anchos círculos y descendiendo lentamente. Piensa en la inusitada carga que llevas.


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