Divina Comedia
Divina Comedia Aquel animal fue retrocediendo como la barca que se aleja de la orilla, y cuando sintió todos sus miembros en libertad, revolvió la cola hacia donde antes tenía el pecho y, extendiéndola, la agitó como una anguila, atrayéndose el aire con las garras. No creo que Faetón tuviera tanto miedo, cuando abandonó las riendas, por cuyo acto se abrasó parte del cielo, como se puede ver todavía; ni que lo tuviera el desgraciado Ícaro cuando, derritiéndose la cera, sintió que las alas se desprendían de su torso[143], al mismo tiempo que su padre le gritaba: «Mal camino llevas», como el miedo que yo sentí al verme rodeado de aire por todas partes y sin ver nada más que la espalda de la fiera que me llevaba. Ésta empezó a marchar, nadando lentamente, girando y descendiendo; pero yo no podía apercibirme más que del viento que sentía en mi rostro y en la parte inferior de mi cuerpo. Empecé a oír hacia la derecha el horrible estrépito que producían las aguas en el abismo, por lo cual incliné la cabeza y dirigí mis miradas hacia abajo, causándome un gran miedo aquel precipicio, porque vi llamas y percibí lamentos que me obligaron a encogerme tembloroso. Entonces observé, pues no había reparado en ello anteriormente, que descendíamos dando vueltas, como me lo hizo notar la proximidad de los grandes castigos que iban apareciendo por doquier en torno nuestro. Como el halcón que, habiendo permanecido largo tiempo volando sin ver reclamo o pájaro alguno, hace exclamar al halconero: «¡Eh, ¿bajas ya?!», y, efectivamente, desciende cansado lejos del que lo amaestró, desdeñoso e iracundo, así nos dejó Gerión en el fondo del abismo, al pie de una desmoronada roca. Y, libre de nuestras personas, se alejó como una saeta despedida por la cuerda.