Divina Comedia
Divina Comedia —Tú, que fijas los ojos en el suelo: si no son falsas las facciones que llevas, eres Venedico Caccianimico. Pero ¿qué es lo que te ha traído a tan doloroso castigo?
A lo que me contestó:
—Lo digo con repugnancia, pero cedo a tu claro lenguaje, que me hace recordar el mundo de otro tiempo. Yo fui aquel que obligó a la bella Ghisola a satisfacer los deseos del marqués, cuéntese como se quiera la tal historia[145]. Y no soy el único boloñés que llora aquí; antes bien, este sitio está tan lleno de ellos que no hay en el día de hoy entre el Savena y el Reno tantas lenguas que digan «SIPA[146]», como las que hay en esta fosa. Y si quieres una prueba de lo que te digo, recuerda nuestra codicia notoria[147].
Mientras así hablaba, un demonio le pegó un latigazo, diciéndole: «Anda, rufián, que aquí no hay mujeres para vender».
Me reuní con mi Guía y a los pocos pasos llegamos a un punto de donde salía una roca de la montaña. Subimos por ella fácilmente, y volviendo a la derecha en un agudo ángulo, salimos de aquel eterno recinto. Luego que llegamos al sitio en que aquel peñasco se ahueca por debajo a modo de puente, para dar paso a los condenados, mi Guía me dijo: