Divina Comedia
Divina Comedia Mis versos deben relatar un nuevo suplicio, el cual servirá de asunto al vigésimo canto de la primera Cántica, que trata de los sumergidos en el Infierno. Me hallaba ya dispuesto a contemplar el descubierto fondo, que está bañado de lágrimas de angustia, cuando vi venir por la fosa circular gentes que, llorando en silencio, caminaban con aquel paso lento que llevan las procesiones en el mundo. Cuando incliné más hacia ellos mi mirada, me pareció que cada uno de aquellos condenados estaba retorcido de un modo extraño desde la barba hasta el principio del pecho, pues tenían el rostro vuelto hacia las espaldas y les era preciso andar hacia atrás, porque habían perdido la facultad de ver por delante. Quizá por la fuerza de la perlesía se encuentra un hombre de tal manera contrahecho; pero yo no lo he visto ni creo que pueda suceder. Ahora bien, lector, ¡así Dios te permita sacar fruto de esta lectura!, considera por ti mismo si mis ojos podían permanecer secos cuando vi de cerca nuestra humana figura tan retorcida que las lágrimas le caían por la espina dorsal. Yo lloraba de verdad, apoyado en una de las rocas de la dura montaña, de suerte que mi Guía me dijo: