Divina Comedia
Divina Comedia Partimos, y, por los mismos escalones de las rocas que nos habían servido para bajar, subió mi Guía tirando de mí. Prosiguiendo la ruta solitaria a través de los picos y rocas del escollo, no era posible mover un pie sin el auxilio de la mano. Entonces me afligí, como me aflijo ahora, cuando pienso en lo que vi; y refreno mi espíritu más de lo que acostumbro para que no se aventure tanto que deje de guiarlo la virtud; porque si mi buena estrella u otra influencia mejor me ha dado algún ingenio, no quiero yo mismo perderlo por abusar de él[199]. Así como en la estación en que aquel que ilumina al mundo nos oculta menos su faz[200], el campesino que reposa en la colina, a la hora en que el mosquito reemplaza a la mosca, ve por el valle las luciérnagas que corren por el sitio donde él vendimia y ara, así también vi resplandecer infinitas llamas en la octava fosa cuando estuve en el punto desde donde se distinguía su fondo. Y como aquel a quien los osos ayudaron en su venganza vio partir el carro de Elías, cuando los caballos subían erguidos al cielo, de tal modo que no pudiendo sus ojos seguirlo sólo distinguían una ligera llama elevándose como débil nubecilla, así también noté que se agitaban unas llamas en la abertura de la fosa, encerrando cada una un pecador, pero sin manifestar lo que ocultaban[201]. Yo estaba sobre el puente, tan absorto en la contemplación de aquel espectáculo, que a no haberme agarrado a un trozo de roca hubiera caído sin ser empujado. Mi Guía, que me vio tan atento, me dijo: