Divina Comedia

Divina Comedia

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—¡Oh, vosotros que no sufrís pena alguna, y no sé por qué, en este mundo miserable! —nos dijo—: mirad y estad atentos al infortunio de maese Adam. Yo tuve en abundancia, mientras viví, todo cuanto deseé, y ahora, ¡ay de mí!, sólo deseo una gota de agua. Los arroyuelos que desde las verdes colinas del Casentino descienden hasta el Arno, trazando frescos y apacibles cauces, continuamente están ante mi vista y no en vano, pues su imagen me reseca más que el mal que descarna mi rostro. La rígida justicia que me castiga se sirve del mismo lugar donde he pecado para hacerme exhalar más suspiros. Allí está Romena, donde falsifiqué la moneda acuñada con el rostro del Bautista, por lo cual dejé en la tierra mi cuerpo quemado. Pero si yo viese aquí el alma criminal de Guido, o la de Alejandro, o la de su hermano, no cambiaría el placer de mirarlos a mi lado ni aun por la fuente de Branda[229]. Una de ellas está ya aquí dentro, si es cierto lo que dicen las coléricas sombras que giran por estos sitios; pero ¿qué me importa si tengo encadenados mis miembros? Si a lo menos fuese yo tan ágil que en cien años pudiese caminar una pulgada, ya me habría internado por el sendero para buscarla entre la gente deforme, a pesar de que la fosa tiene once millas de circunferencia y no menos de media milla de diámetro. Por su causa me veo entre estos condenados; ellos me indujeron a acuñar los florines, que bien tenían tres quilates de liga.


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