Divina Comedia
Divina Comedia Cuando llegamos al fondo del oscuro pozo, mucho más abajo de donde tenía los pies el gigante, como yo estuviese mirando aún el alto muro, oí que me decían: «Cuidado como andas, procura no pisar las cabezas de nuestros infelices y torturados hermanos». Volvime al oír esto y vi delante de mí y a mis pies un lago, que por estar helado parecía de vidrio y no de agua. Ni el Danubio en Austria durante el invierno, ni el Don allá lejos, bajo el frío cielo, cubren su curso de un velo tan denso como el de aquel lago, en el cual, aunque hubieran caído el Tabernick y el Pietrapana[245], no habrán causado el menor estallido. Y a la manera de las ranas cuando gritan con la cabeza fuera del agua, en la estación en que el villano espiga, así estaban aquellas sombras llorosas y lívidas, sumergidas en el hielo hasta el sitio donde aparece la vergüenza, produciendo con sus dientes el mismo ruido que la cigüeña con su pico. Tenían todas el rostro vuelto hacia abajo; sus bocas daban muestra del frío que sentían y sus ojos las daban de la tristeza de su corazón. Cuando hube examinado algún tiempo en torno mío, miré a mis pies, y vi dos sombras tan estrechamente unidas que sus cabellos se mezclaban.
—Decidme quiénes sois, vosotros que tanto unís vuestros pechos —dije yo.