Divina Comedia

Divina Comedia

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Después vi otros mil rostros amoratados por el frío, tanto que desde entonces tengo horror, y lo tendré siempre, a los estanques helados. Y mientras nos dirigíamos hacia el centro, donde converge toda la gravedad de la Tierra, yo temblaba en la lobreguez eterna. Y no sé si lo dispuso Dios, el Destino o la Fortuna, pero al pasar por entre aquellas cabezas di un fuerte golpe con el pie en el rostro de una de ellas, que me dijo llorando:

—¿Por qué me pisas? Si no vienes a aumentar la venganza de Monteaperti, ¿por qué me molestas?

Entonces dije yo:

—Maestro mío, espérame aquí, a fin de que éste me esclarezca una duda; después me daré cuanta prisa quieras.

El Guía se detuvo y yo le dije a aquel que todavía estaba blasfemando:

—¿Quién eres tú, que así reprendes a los demás?

Me contestó:

—Y tú, que vas por el recinto de Antenor golpeando a los demás en el rostro, de modo que, si estuvieras vivo aún serían tus golpes más fuertes, ¿quién eres?

—Yo estoy vivo —fue mi respuesta— y puede serte grato, si fama deseas, que ponga tu nombre entre los otros que conservo en la memoria.


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