Divina Comedia
Divina Comedia Como aparece a lo lejos un molino, cuyas aspas hace girar el viento cuando éste arrastra una espesa niebla, o cuando anochece en nuestro hemisferio, así me pareció ver a gran distancia un artificio semejante; y luego, para resguardarme del viento, a falta de otro abrigo, me encogí detrás de mi Guía. Estaba ya (con pavor lo digo en mis versos) en el sitio donde las sombras se hallaban completamente cubiertas de hielo y se transparentaban como paja en vidrio. Unas estaban tendidas, otras derechas, aquéllas con la cabeza, éstas con los pies hacia abajo y otras, por fin, con la cabeza tocando a los pies como un arco. Cuando mi Guía creyó que habíamos avanzado lo suficiente para enseñarme la criatura que tuvo el más hermoso de los rostros, se colocó delante de mí e hizo que me detuviera.
—He aquí a Lucifer —me dijo— y he aquí el lugar donde es preciso que te armes de fortaleza.