Divina Comedia

Divina Comedia

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No me preguntes, lector, si me quedaría entonces helado y yerto; no quiero escribirlo, porque cuanto dijera sería poco. No quedé muerto ni vivo; piensa por ti, si tienes alguna imaginación, lo que me sucedería viéndome así privado de la vida sin estar muerto. El emperador del doloroso reino salía fuera del hielo desde la mitad del pecho. Mi estatura era más proporcionada a la de un gigante que la de cualquiera de los gigantes en comparación a la longitud de los brazos de Lucifer; juzga, pues, cuál debía ser el todo que se correspondía a semejante parte. Si fue tan bello como deforme es hoy y osó levantar sus ojos contra su Creador, de él debe proceder sin duda todo mal. ¡Oh! ¡Cuánto asombro me causó ver que su cabeza tenía tres rostros! Uno por delante, que era de color bermejo; los otros dos se unían a éste sobre el medio de los hombros y se juntaban por detrás en lo alto de la coronilla, siendo el de la derecha entre blanco y amarillo, según me pareció; el de la izquierda tenía el aspecto de los oriundos del valle del Nilo[259]. Debajo de cada rostro salían dos grandes alas, proporcionadas a la magnitud de tal pájaro; y no he visto jamás velas de buques comparables a aquéllas: no tenían plumas, pues eran por el estilo de las del murciélago y se agitaban de manera que producían tres vientos con los cuales se helaba todo el Cocito. Con seis ojos lloraba Lucifer y por las tres barbas corrían sus lágrimas, mezcladas de babas sanguinolentas. Con los dientes de cada boca, a modo de agramadera, trituraba un pecador, de suerte que hacía tres desgraciados a un tiempo. Los mordiscos que sufría el de delante no eran nada en comparación de los rasguños que le causaban las garras de Lucifer, dejándole a veces las espaldas enteramente desolladas.


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