Divina Comedia
Divina Comedia Un suave color de zafiro oriental, contenido en el sereno aspecto del aire puro hasta el primer cielo, reapareció delicioso a mi vista en cuanto salí de la atmósfera muerta que me había contristado los ojos y el corazón. El bello planeta[2] que convida a amar hacía sonreír todo el Oriente, desvaneciendo el signo de Piscis, que seguía en pos de él. Me volví a la derecha, y dirigiendo mi espíritu hacia el otro polo, distinguía cuatro estrellas únicamente vistas por los primeros humanos[3]. El Cielo parecía gozar con sus resplandores. ¡Oh, Septentrión, sitio verdaderamente viudo, pues que te ves privado de admirarlas! Cuando cesé en su contemplación, volvime un tanto hacia el otro polo, de donde el Carro había desaparecido[4], y vi cerca de mí un anciano[5] solo, y digno, por su aspecto, de tanta veneración que un padre no puede inspirarla mayor a su hijo. Llevaba una larga barba, canosa como sus cabellos, que le caía hasta el pecho, dividida en dos mechones. Los rayos de las cuatro luces santas rodeaban de tal resplandor su rostro, que yo lo veía como si hubiese tenido el Sol ante mis ojos.