Divina Comedia
Divina Comedia —Marcia fue tan agradable a mis ojos mientras pertenecĂ a la Tierra —dijo Ă©l entonces—, que obtuvo de mĂ cuantas gracias quiso; ahora que habita a la otra parte del mal rĂo no puede ya conmoverme a causa de la ley que se me impuso cuando salĂ fuera de mi cuerpo. Pero si una mujer del Cielo te anima y te dirige, segĂşn dices, no tienes necesidad de tan laudatorios ruegos: me basta con que supliques en su nombre. Ve, pues, y haz que Ă©se se ciña con un junco sin hojas y lávale el rostro de modo que quede borrada de Ă©l toda mancha[8], porque no conviene que se presente con la vista ofuscada ante el primer ángel que encontrará a la puerta del ParaĂso. Esa pequeña isla que ves allá abajo produce, en torno suyo y por donde la combaten las olas, juncos en su tierra blanca y limosa. Ninguna clase de planta que eche hojas o que se endurezca puede existir ahĂ, porque le serĂa imposible doblegarse a los embates de las olas. DespuĂ©s no volváis por esta parte: el sol naciente os indicará el modo de encontrar la más fácil subida del monte.
Al decir esto desapareciĂł. Me levantĂ© sin hablar, me coloquĂ© junto a mi GuĂa y fijĂ© en Ă©l los ojos. Entonces, empezĂł a hablarme de este modo:
—Hijo mĂo, sigue mis pasos; volvamos atrás, porque esta llanura va descendiendo siempre hasta su Ăşltimo lĂmite.