Divina Comedia
Divina Comedia El alba vencía ya la hora matutina, que huía delante de ella, y desde lejos pude distinguir las ondulaciones del mar. Íbamos por la llanura solitaria, como el que busca la senda perdida y cree caminar en vano hasta que logra encontrarla. Cuando llegamos a un sitio en que el rocío resiste el calor del Sol y protegido por la sombra se desvanece poco a poco, puso mi Maestro suavemente sus dos manos abiertas sobre la fresca hierba, y yo, comprendiendo su intento, le presenté mis mejillas cubiertas aún de lágrimas y en las que por su mediación apareció de nuevo el color del que las privó el Infierno.
Llegamos después a la playa desierta que no vio nunca navegar por sus aguas a hombre alguno capaz de volver atrás. Allí me hizo un cinturón con un junco, según la voluntad de Catón, y, ¡oh maravilla!, cuando arrancó la humilde planta volvió otra a renacer súbitamente en el mismo sitio de donde había arrancado aquélla.