Divina Comedia
Divina Comedia —¿Quién sabe ahora —dijo mi Maestro, deteniendo sus pasos— hacia qué mano es accesible la costa, de modo que pueda subir el que no tiene alas?
Y mientras él tenÃa los ojos bajos, meditando qué camino seguirÃamos, y yo miraba hacia arriba alrededor de las rocas, apareció por la izquierda una multitud de almas, que se dirigÃan hacia nosotros aunque no lo parecÃa: tanta era la lentitud con que caminaban.
—Levanta los ojos —dije a mi Maestro—; he aquà quien nos podrá aconsejar, si es que no puedes aconsejarte a ti mismo.
—Vamos allá, pues ellos vienen muy despacio. Y tú no pierdas la esperanza, hijo querido.
HabrÃamos andado mil pasos, y aún distaba de nosotros aquella muchedumbre tanto espacio cuanto podÃa recorrer una piedra lanzada por un buen hondero, cuando se arrimaron todos a los duros peñascos de la escarpada orilla y permanecieron firmes y apretados entre sÃ, como se detiene a mirar aquel que duda.
—¡Oh muertos en la gracia de Dios, espÃritus ya elegidos! —empezó a decir Virgilio—; por aquella paz que, según creo, esperáis todos vosotros, decidme por qué parte declina esta montaña, de modo que sea posible ascender a ella; pues al que mejor conoce el valor del tiempo le es más desagradable perderlo.