Divina Comedia

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«Aquí está el objeto de nuestra demanda».

Cualquier portillo de los que suele tapar el aldeano con un manojo de espinos cuando maduran las uvas es mayor que el sendero por donde subimos solos mi Maestro y yo, cuando la multitud de almas se separó de nosotros[24]. Bastan los pies para ir a San Leo, para bajar a Noli, para ascender hasta la elevada cumbre de Bismantua; pero aquí es preciso que el hombre vuele; quiero decir, como volaba yo, conducido por las ligeras alas y por las plumas de un gran deseo, detrás de aquel que reanimaba mi esperanza y me iluminaba. Íbamos subiendo por el sendero excavado en el peñasco, cuyas quebradas rocas nos estrechaban por ambos lados, y el suelo que pisábamos nos obligaba a ayudarnos con pies y manos. Cuando llegamos a sitio descubierto, sobre el rellano de la alta base del monte, dije:

—Maestro mío, ¿qué camino seguiremos?

Y él me contestó:

—No des ningún paso hacia abajo; prosigue subiendo detrás de mí hacia la cima de este monte, hasta que se nos aparezca algún experto guía.

La cima era tan alta que no podía alcanzarla la vista y la subida mucho más empinada que la línea que divide en dos partes el cuadrante[25]. Yo estaba ya cansado y entonces exclamé:

—¡Oh, amado Padre! Vuélvete y mira que me quedo aquí solo si no te detienes.


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