Divina Comedia
Divina Comedia —Todos confiamos en tu benevolencia sin necesidad de que lo jures, a no ser que la impotencia destruya tu buena voluntad. Yo, que hablo solo antes que los demás, te ruego que si ves alguna vez aquel paÃs que se extiende entre la Romania y el de Carlos[30], me concedas en Fano el don de tus preces, a fin de que los buenos rueguen allà por mÃ, de modo que yo pueda purgar mis graves pecados. De allà fui yo; pero las profundas heridas por las que salió la sangre en la que me asentaba, me fueron hechas en el territorio de los Antenórides[31], donde creÃa encontrarme más seguro. El de Este lo ordenó, porque me odiaba mucho más de lo que permitÃa la justicia; pero si yo hubiese huido hacia la Mira, cuando llegué a Oriaco, aún estarÃa en el mundo en el que se respira; corrà al pantano, donde las cañas y el lodo me embarraron tanto que caÃ, y vi formarse en tierra un pago con la sangre de mis venas[32].
Después me dijo otro:
—¡Ay! Asà se cumpla el deseo que te conduce a esta elevada montaña, dÃgnate auxiliar al mÃo con obras de piedad. Yo fui de Montefeltro y soy Buonconte. Ni Juana ni los otros se cuidan de mÃ, por lo cual voy entre éstos con la cabeza baja[33].
Le pregunté:
—¿Qué violencia o qué aventura te sacó fuera de Campaldino, que no se supo nunca dónde está tu sepultura?