Divina Comedia

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—¡Oh! —me respondió—; al pie del Casentino corre un río llamado Archiano, que nace en el Apenino encima del monasterio. Allí donde pierde su nombre llegué yo con el cuello atravesado, huyendo a pie y ensangrentando la llanura. Allí perdí la vista, y mi última palabra fue el nombre de María; allí caí y de mí no quedó más que mi carne[34]. Te diré la verdad y tú la referirás entre los vivos: el ángel de Dios me cogió y el del Infierno gritaba: «¡Oh tú, venido del Cielo! ¿Por qué me lo quitas? Te llevas la parte eterna de éste por una pequeña lágrima que me lo arrebata; pero yo trataré de diferente modo la otra parte». Tú sabes bien cómo se condensa en el aire ese húmedo vapor que se convierte en lluvia en cuanto sube hasta donde le sorprende el frío; pues bien, el demonio, juntando a su entendimiento aquella malevolencia que sólo procura hacer daño, con el poder inherente a su naturaleza, agitó el vapor y el viento. En cuanto se extinguió el día, cubrió de nieblas el valle desde Pratomagno hasta el Apenino, e hizo tan denso aquel cielo, que el espeso aire se convirtió en agua; cayó la lluvia y el agua que la tierra no pudo absorber fue a parar a los barrancos y, uniéndose a la de los torrentes, se precipitó hacia el río real con tal rapidez que nada podía contenerla. El Archiano furioso encontró mi cuerpo helado en su embocadura, lo arrastró hacia el Arno y separó mis brazos, que había puesto en cruz sobre el pecho cuando me venció la muerte. Después de haberme volteado por sus orillas y su fondo, me cubrió y rodeó con la arena que había hecho desprenderse de los campos.


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