Divina Comedia

Divina Comedia

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Vi luego aquel ejército gentil, pálido y humilde que en silencio contempla el Cielo, como esperando algo; y vi salir de las alturas y descender al valle dos ángeles con dos espadas flamígeras, truncadas y privadas de sus puntas. Verdes como las tiernas hojas que acaban de brotar eran sus vestiduras; agitadas por las plumas de sus alas, verdes también, flotaban por detrás a merced del viento. El uno se posó algo más arriba de donde estábamos, el otro descendió hacia el lado opuesto, de suerte que las almas quedaron entre ellos. Se distinguía perfectamente su blonda cabellera, pero al querer mirar sus facciones se ofuscaba la vista, como se ofusca toda facultad por la excesiva fuerza de las impresiones.

—Ambos vienen del seno de María —dijo Sordello— para guardar el valle contra la serpiente que acudirá a él en breve[50].

Y yo, que no sabía por qué sitio había de venir, miré en torno mío y helado de terror me arrimé cuanto pude a las fieles espaldas. Sordello continuó:

—Ahora descendamos hacia donde están esas grandes sombras y hablaremos con ellas; les será muy grato veros.


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