Divina Comedia
Divina Comedia Sólo había descendido tres pasos, según creo, cuando ya me encontré abajo y vi a uno que me miraba como si hubiese querido conocerme. El aire ya iba oscureciéndose, pero no tanto que entre sus ojos y los míos no permitiese ver lo que antes por la distancia se ocultaba. Vino hacia mí y yo me adelanté hacia él. ¡Noble juez! ¡Oh Nino[51]!. Con cuánto placer vi que no estabas entre los condenados. No hubo amistoso saludo que no nos dirigiéramos; después me preguntó:
—¿Cuánto tiempo hace que has llegado al pie de este monte a través de las lejanas aguas?
—¡Ah! —le dije—; esta mañana he llegado pasando por tristes lugares, pero aún estoy en la primera vida, aunque al hacer este viaje voy preparándome para la otra.
Apenas oyeron mi respuesta cuando Sordello y él retrocedieron como hombres poseídos de repentino espanto. El primero se volvió hacia Virgilio y el otro hacia uno que estaba sentado, gritando: «Ven, Conrado, ven a ver lo que Dios por su gracia permite». Después, dirigiéndose a mí, exclamó: