Divina Comedia

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—Por la singular gratitud que debes a Aquel que oculta de tal modo sus razones que no es posible penetrarlas, cuando estés más allá de las anchurosas aguas, di a mi Juana que pida por mí allí donde se oyen los ruegos de los inocentes. No creo que su madre me ame ya, pues ha dejado las blancas tocas que la desventurada echará de menos algún día. Por ella se comprende fácilmente cuánto dura en una mujer el fuego del amor si la vista o el íntimo trato no lo alimenta. La víbora que campea en las armas del milanés no le proporcionará tan hermosa sepultura como se la hubiese dado el gallo de la Gallura[52].

Así decía y en todo su aspecto se veía impreso el sello de aquel recto celo que arde con mesura en el corazón. Entre tanto, mis ojos se dirigían ávidos hacia la parte del Cielo donde es más lento el curso de las estrellas, como sucede en los puntos de una rueda más próximos al eje[53].

Mi Guía me preguntó:

—Hijo mío, ¿qué miras allá arriba?

Y yo le contesté:

—Aquellas tres antorchas, en cuya luz arde todo el polo hacia esta parte.

Y él repuso:

—Las cuatro estrellas brillantes que viste esta mañana han descendido por aquel lado y éstas han subido donde estaban aquéllas.


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