Divina Comedia
Divina Comedia Mientras él hablaba, Sordello se le acercó diciendo: «He aquí a nuestro adversario», y extendió el dedo para que mirásemos hacia el sitio que indicaba. En la parte donde queda indefenso el pequeño valle había una serpiente, que quizá era la que dio a Eva el amargo manjar. Se adelantaba el maligno reptil por entre la hierba y las flores, volviendo de vez en cuando la cabeza y lamiéndose el lomo como un animal que se alisa la piel. No puedo decir cómo se movieron los azores celestiales, pues no me fue posible distinguirlo; pero sí vi a entrambos en movimiento. Sintiendo que sus verdes alas hendían el aire, huyó la serpiente y los ángeles se volvieron a su puesto con vuelo igual. La sombra que se acercó al juez cuando éste la llamó, no dejó un momento de mirarme durante todo aquel asalto[54].
—Que la antorcha que te conduce hacia arriba encuentre en tu voluntad tanta cera cuanta se necesita para llegar al sumo esmalte —empezó a decir—; si sabes alguna noticia positiva de Val di Magra o de su tierra circunvecina, dímela, pues yo era señor de aquel país. Fui llamado Conrado Malaspina, no el antiguo, sino un descendiente suyo, y tuve para con los míos un amor que aquí se purifica[55].