Divina Comedia
Divina Comedia Volví el rostro, y hacia la parte en que se encontraba el que movía mis pasos vi después de la de María otra historia esculpida en la roca; y para examinarla mejor pasé al otro lado de Virgilio y me aproximé a ella. Estaban tallados en el mismo mármol el carro y los bueyes conduciendo el Arca Santa que nos ha enseñado que es temible desempeñar un cargo que Dios no ha confiado. Delante de ella veíase alguna gente, dividida en siete coros, que a dos de mis sentidos hacía decir: a uno, «Sí canta», y a otro, «No canta». En igual discordancia ponía a mi vista y a mi olfato el humo del incienso que allí estaba representado. El humilde Salmista, danzando y saltando, precedía al vaso bendito y en aquella ocasión era más que rey y menos que rey. Desde lo alto de un gran palacio que había enfrente, Micol lo contemplaba como mujer despechada y mohína[68]. Moví mis pies del sitio en que se encontraban para examinar de cerca otra historia que resaltaba después de Micol. Allí estaba escrita en piedra la alta gloria del príncipe romano cuya insigne virtud movió a Gregorio para que alcanzase su gran victoria: hablo del emperador Trajano[69]. Asida al freno de su caballo se veía a una viuda, penetrada de dolor y deshecha en lágrimas; en torno suyo aparecía una considerable multitud de caballeros, sobre cuyas cabezas se movían al viento las águilas de oro. La desventurada, metida entre todos ellos, parecía decir: