Divina Comedia

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«Señor, véngame de la muerte de mi hijo, que me ha traspasado el corazón», y él responderle: «Espérate a que yo vuelva»; y ella replicar: «Señor mío, ¿y si no vuelves?». Y él: «Quien ocupe mi lugar te vengará». Y ella: «¿Qué te importa el bien que pueda hacer otro, si te olvidas del que puedes hacer tú?». Y él por último: «Tranquilízate. Es preciso que cumpla con mi deber antes de ponerme en marcha; la piedad me detiene, porque la justicia lo quiere». Aquel que no vio jamás cosa nueva[70] produjo este hablar visible, nuevo para nosotros, porque no se encuentra en la Tierra nada parecido. Mientras yo me deleitaba contemplando aquellas imágenes de tanta humildad, gratas a la vista más que por su belleza por ser quien era su Artífice, el Poeta murmuraba:

—Mira cuántas almas se dirigen hacia acá con paso lento; ellas nos conducirán a las gradas superiores.

Mis ojos, atentos a mirar para ver las novedades de que se mostraban tan ávidos, lo fueron en volverse hacia él. No quiero, ¡oh lector!, que te apartes de tus buenas disposiciones oyendo cómo Dios quiere que se paguen las deudas. No prestes atención a la forma de estas penas, sino a lo que en pos de ellas vendrá; piensa que en el último y peor resultado no pueden prolongarse más allá de la gran sentencia[71]. Yo empecé a decir:


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